Estado, disciplina y producción de subjetividad (III)

c) El Estado como generador de etiquetas. Racismo de Estado y enemigos públicos 

Para desarrollar este punto nos posicionaremos desde la teoría del desvío de Howard Becker. Este autor relativiza el concepto de desviación, y nota que no existen criterios únicos para etiquetar a una persona como desviada ya que en las sociedades complejas como las actuales no existen criterios unificados de pensamiento y valoración, esto sumado a la existencia de subculturas con criterios axiológicos diferentes y a veces contradictorias.

El desviado es el que se aparta de las normas, no las respeta y hasta las viola, pero el etiquetamiento no surge de cualquier sujeto, sino de los centros de poder, los mismos centros que generan las normas etiquetan a quienes las desvían.

El autor define la desviación de esta manera: “La desviación no es una cualidad presente en la conducta humana, sino que surge de la interacción entre la persona que comete el acto y aquellos que reaccionan ante el mismo” (Outsiders). De esto se desprende que la desviación surge cuando el otro la valora en función a las normas vigentes, por eso la desviación no es un atributo inherente de la acción sino una cuestión axiológica.  Ahora bien, si el estado tiene la potestad de crear las normas formales (jurídicas) tiene a su vez la potestad de generar etiquetas para quienes no cumplen con esas normas.

Con respecto a la relación Estado-etiquetaje podríamos hacer una doble distinción (esto no lo dice Becker) por un lado una posición pasiva y por otro una activa. Cuando hablamos de la posición pasiva del Estado con respecto al etiquetaje nos estamos refieriendo al proceso por el cual el Estado extrae las etiquetas que los diferentes grupos sociales le imponen a los distintos desviados y les concede ciertas solemnidades y castiga a los desviados mediante la coacción legítima. La legitimidad estará dada entonces, porque el accionar coactivo del Estado irá en sintonía con las pretensiones de ciertos grupos de poder. Dicho de otra forma los parámetros de etiquetaje vienen de ciertos sectores sociales y el Estado los formaliza y los protege.

Al contrario, la posición activa del Estado con respecto al “etiquetaje” es su papel como generador, como fuente de etiquetas, de marcas sociales. Ya sea a través de leyes, o a través de medios de propaganda o también a través de técnicas de saber. Todos estos mecanismos tienen como función mostrar al desviado en general como un enemigo social e integrarlo a la lista de enemigos del orden público. La diferencia con la postura anterior es que los lineamientos no van de abajo (grupos sociales) hacia arriba (Estado) sino al revés. Si el Estado no tuviera dichos mecanismos, la etiqueta quedaría en evidencia como un mero capricho estatal, en otras palabras se le vería la hilacha a las maquinaciones del aparato estatal. Justamente para evitar que sus intereses quedasen al descubierto, recurre a estos artefactos, montajes para que el cuerpo social legitime e internalice dichas etiquetas.

Para concretizar este concepto que a priori parece demasiado abstracto, manejaremos dos ejemplos que nos servirán para comprenden a “grosso modo” cómo actúa el Estado en esta situación. Brevemente los expondremos: El primer ejemplo son las prácticas propagandísticas que el Estado Nazi perpetúo contra los judíos, ayudadas por una justificación legal de dichas prácticas discriminatorias, generando un “racismo de Estado”. Si bien existía en Alemania un sentimiento antisemita, no eran tan elevado. La maquinaria estatal nazi elevó el judío a la categoría de enemigo por excelencia de la nación, del Reich, del volk. No ahondaremos mucho más aquí sobre este esto porque sería desviarnos del tema en cuestión.

El segundo ejemplo es más reciente y más cercano geográficamente, me refiero concretamente a la guerra de las Malvinas y a la exacerbación del nacionalismo argentino mediante el posicionamiento de los ingleses como enemigos de la nación. Formalmente el planteo es el mismo que el nazi, el Estado genera un enemigo, que en este caso es externo y que legitimaría un enfrentamiento bélico contra este para salvaguardar la integridad y el honor del pueblo argentino. Repetimos, estas ficciones no servirían de nada si no son aceptadas, legitimadas y asimiladas por el cuerpo social, para lograr esto el Estado utilizará los medios más adecuados.

En conclusión y para cerrar este capítulo podríamos decir a modo de resumen que el Estado en su formación como tal, se adueñó de la seguridad de los sujetos generando la noción de orden público. Ahora el aparato estatal velará por la seguridad de sus ciudadanos mientras estos se pueden dedicar a sus actividades e intereses. Pero esto tiene un precio muy grande, significa renunciar al auto-control de la vida, entregándole semejante potestad al Estado. Ahora bien el Estado tiene la potencialidad de quitar la vida de un sujeto si este atenta contra el orden público, pero en general no lo hace, debido a qué el sujeto es más rentable vivo que muerto. Esto es el efecto de una revalorización del cuerpo, las prácticas penales tienen ahora como hilo conductor la noción de disciplina, de reforma, de “ortopedia social”. El Estado reorientará su monopolio de la coacción física desde una eliminación de la amenaza mediante la tortura y el suplicio a una reforma a un intento por reformar el desviado, el criminal. Ahora el Estado podrá ganar legitimidad de dos formas:, si recoje y formaliza el castigo a los desviados identificados y etiquetados por ciertos grupos sociales. La legitimidad de ese castigo surgirá de forma natural. Y la otra forma es a través de la generación de enemigos públicos por parte del Estado, aquí el afán estará en inducir de forma artificial –mediante los recursos estatales- la legitimación e internalización de los castigos y acciones coercitivas que se tomarán contra esos “desviados”.

Postal de la Noche de los Cristales Rotos, la primera ofensiva nazi contra los judíos

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