Judas

I

Se acerca la “Semana Santa” y para el pueblo cristiano estas fechas son tiempos de perdón y reflexión. Si bien me considero totalmente ateo, mi interés por la religión y sus significados ocultos y por qué no, su aporte a la cultura va más allá de mi negación de la existencia de cualquier ente sobrenatural. No se puede pensar Occidente sin el cristianismo y no se puede pensar el Cristianismo sin Judas. !Oh pobre Judas! El ser más odiado y vilipendiado en estos 2000 años. Todo ser humano despreciable, malvado y truculento será igualado, en el imaginario colectivo cristiano occidental, con la figura de Judas. Desde Nerón hasta Hitler, pasando por Napoleón. Judas pasó a ser el traidor por antonomasia. Mi condición de no-cristiano en particular (y no-religioso en general) me permite ver su figura desde ángulos un poco más ascéticos, lejos de la “contaminación” valorativa que los cristianos han levantado como estandarte en estos dos milenios. Judas, encarnación del mal, traidor, ser vil y despreciable ¿realmente todos estos adjetivos y atributos son ciertos? Quizás podríamos darle una “vuelta de tuerca”.

Repito, mi condición de “no-cristiano” me permite ver a Judas desde otro ángulo, y por ende no me adentraré en cuestiones dogmáticas por dos razones, primero las desconozco en su mayoría (igualmente en el correr de este breve escrito citaré algún que otro pasaje bíblico) y segundo me parece que hacerlo sería una falta de respeto para los sí-cristianos. Ahora bien, tomaré con pinzas este personaje e intentaré, de la mejor manera posible, hacer una nueva valoración sobre Judas. Una cosa le advierto al lector, los juicios o pensamientos aquí vertidos no son para nada exclusivos u originales, al contrario, verdaderos maestros han escrito sobre éste tema. Por cuestiones de honestidad intelectual cito a las fuentes en la cuales bebí. Básicamente son dos, obras disparadoras ellas que remiten a una multiplicidad de otras obras; “El títere y el enano” de Slavoj Zizek y “Tres versiones sobre Judas” del gran Jorge Luis Borges.

II

Según los Evangelios, Judas traicionó a Cristo (Mateo 3:19), ahora bien ¿qué significa concretamente traición? Al conocer el origen etimológico de dicha palabra, uno queda sorprendido. Según dicen los que saben, la palabra traición proviene del latín traditio y traditionis que significan entrega, transmisión. Pero lo sorprendente surge cuando conocemos que traición y tradición comparten la misma raíz. Si tradición es, en el lenguaje culto, sinónimo de entrega, básicamente un bien, cualquier objeto de propiedad a otro/s sujeto/s, la traición también es una entrega, pero de un sujeto al bando enemigo. La relación de esta definición con los sucesos descritos en los Evangelios está más que clara, Judas traicionó a Jesús, al entregarlo a los romanos. La definición encaja en este caso en toda su plenitud.

La traición a Cristo está localizada en el San Lucas 22, en este pasaje se describen los hechos que condujeron a la entrega de Jesús a las autoridades romanas teniendo a Judas como protagonista. Pero en el libro siguiente -San Juan- tenemos pasajes de cabal valor para el desarrollo que aquí se hará. Una cosa debemos tener en claro, Jesús sabía que lo habían a traicionar y además sabía quién lo haría. Desarrollemos un poco lo que dicen las “Sagradas Escrituras”. Jesús lanzó un juicio que estremeció a sus discípulos.”(…)«Les aseguro que uno de ustedes me entregará:” (San Juan 13:21). La convicción tan clara que poseía Cristo sobre la inminente traición genera, desde mi punto de vista, un hermoso punto de partida sobre el cual apoyarnos para comenzar a construir esa nueva valoración de Judas. Pedro pregunta quién es el futuro traidor, y con un simbolismo que quedó grabado en la mente de los cristianos, Cristo dice y hace lo siguiente: “Jesús le respondió: «Es aquel al que daré el bocado que voy a mojar en el plato». Y mojando un bocado, se lo dio a Judas, hijo de Simón Iscariote.” (San Juan 13:26). ¿Qué significa ese bocado? No soy teólogo y disto mucho de serlo  y no daré la clásica interpretación cristiana, a saber: el bocado es una majestuosa muestra de la misericordia de Jesucristo, la mía va por otro camino. Suponemos que el “bocado” es un pan embebido en los restos del plato en el que se alimentó Jesús, y si el pan es la carne de Cristo, ¿Jesús no le estaba dando piedra libre a Judas para que concretara sus planes? ¿Acaso ese bocado no significa una especie de pacto metafísico? Quizás Cristo estaba realizando un pacto tácito con Judas al decirle algo como esto: “Así como comes este pan y los haces desparecer en ti, hazme desaparecer a mi también a través de tu traición”. Y si esto no queda claro, este pasaje reforzará mi posición: “En cuanto recibió el bocado, Satanás entró en él. Jesús le dijo entonces: «Realiza pronto lo que tienes que hacer»” (San Juan 13:27). ¿Qué prueba más clara que esta? ¿Por qué Jesús no expulsó a Judas? Jesús necesitaba a Judas, ustedes se preguntarán ¿pero para qué Jesús necesitaba a Judas? La entrega es la clave. Resumo mi postura en el siguiente juicio: Cuando Judas entregó a Cristo a los romanos lo entregó a su vez, a la Universalidad.

III

Slavoj Zizek en su libro “El títere y el enano” echa un poco de luz sobre este punto: “(…) su traición era necesaria para que se cumpliera la misión de Cristo (redimir a la humanidad mediante su muerte en la cruz), ¿no necesitaba Cristo esa traición?” Zizek cita, con gran atino un versículo de la Biblia, Mateo 26:25, “Judas, el que lo iba a entregar, le preguntó también: «¿Seré yo acaso, Maestro?» Jesús respondió: «Tú lo has dicho.»” La naturalidad y simpleza de las palabras de Cristo pueden dejar atónitos a cualquier lector. ¿Quizás la tranquilidad de Cristo se explica porque la traición es parte de su plan? Además, hagamos un simple ejercicio mental, si la misión de Cristo, es decir lavar los pecados de la Humanidad solo se podía conseguir a través de su propio sufrimiento, de qué otra manera se podía lograr si no era a través del suplicio en la cruz? El suicidio sería algo descabellado y hasta por qué no, cómico. Cristo necesitaba la traición, vino a la Tierra a morir, pero no a morir de cualquier manera. Miremos las cosas desde ésta perspectiva, quizás un poco hegeliana, era necesaria, celestialmente necesaria. Una muerte por causas naturales, o por vejez o por asesinato liso y llano no hubiera tenido la misma potencia que el suplicio. En términos aún más hegelianos, podríamos decir que el espíritu absoluto (Dios) se conoció a si mismo en la cruz, gracias a Judas. Y aún más, el pueblo de Judea, y posteriormente millones de personas, conocieron, conocen y conocerán la existencia de Cristo gracias a su muerte en la cruz y la posterior resurrección. Hegel decía en sus propias palabras:”Si afirmamos que Dios es desconocido, no somos ya cristianos.” Y en efecto, el núcleo de la fe cristiana descansa en la convicción que el mismo Hijo de Dios, bajó a la Tierra y caminó entre los meros mortales. ¡La potencia de esto es inconmensurable! Mi ateísmo no me impide ver, por suerte, la fortaleza intrínseca del cristianismo, al igual que aquellos judíos vieron con sus propios ojos al mismísimo Hijo de Dios, todo ser humano puede acceder a Él. Esto explica la fortaleza milenaria del Cristianismo y todo gracias a Judas. Zizek continúa y sentencia: “¿No es, pues, Judas el último héroe del Nuevo Testamento, el único que estuvo dispuesto a perder su alma y a asumir la condena eterna para que pudiera cumplirse el plan divino?” Con esto el esloveno abre una puerta, Judas como mártir y todavía mártir de la humanidad toda, ¡cuánta herejía!

IV

Un texto de Jorge Luis Borges presente en el Libro de Arena y titulado “La secta de los treinta” es más que pertinente. Según escribe el argentino existe una secta de curioso nombre que venera a Cristo y a Judas por igual, ya que los dos son parte del Plan Divino, redimir a la Humanidad. Aquí, Borges resume magistralmente lo que vine desarrollando antes:

La divina misericordia, a la que debo tantas mercedes me ha permitido descubrir la
auténtica y secreta razón del nombre de la Secta. En Kerioth, donde verosímilmente
nació, perdura un conventículo que se apoda de los Treinta Dineros. Ese nombre fue el
primitivo y nos da la clave. En la tragedia de la Cruz —lo escribo con debida
reverencia— hubo actores voluntarios e involuntarios, todos imprescindibles, todos
fatales. Involuntarios fueron los sacerdotes que entregaron los dineros de plata,
involuntaria fue la plebe que eligió a Barrabás, involuntario fue el procurador de Judea,
involuntarios fueron los romanos que erigieron la Cruz de Su martirio y clavaron los
clavos y echaron suertes. Voluntarios sólo hubo dos: El Redentor y Judas. Éste arrojó
las treinta piezas que eran el precio de la salvación de las almas e inmediatamente se
ahorcó. A la sazón contaba treinta y tres años, como el Hijo del Hombre. La Secta los
venera por igual y absuelve a los otros

Continúa Borges:

»No hay un solo culpable; no hay uno que no sea un ejecutor, a sabiendas o no, del plan 

que trazó la Sabiduría. Todos comparten ahora la Gloria.

Quizás Judas, junto con Cristo, fueron parte de un gran plan Divino, creado no por Jesús, sino por el mismo Dios, quizás este pasaje de San Mateo eché un poco de claridad sobre mis palabras: “A eso de las tres, Jesús gritó con fuerza: Elí, Elí, lamá sabactani, que quiere decir: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»” Jesús duda, muchos teólogos afirman que ese es el costado humano de Jesús, la flaqueza, la incertidumbre. Pero este grito de dolor puede dar pruebas de que Jesús fue un medio, así como también lo fue Judas, utilizado por el mismísimo Dios para redimir y limpiar los pecados de los Hombres.

V

Borges vuelve a incurrir en el tema de Judas, con su texto “Tres versiones sobre Judas” utilizando como vocero al supuesto teólogo sueco Nils Runeberg:

El Verbo, cuando fue hecho carne, pasó de la ubicuidad al espacio, de la eternidad a la historia, de la dicha sin límites a la mutación y a la carne; para corresponder a tal sacrificio, era necesario que un hombre, en representación de todos los hombres, hiciera un sacrificio condigno. Judas Iscariote fue ese hombre. Judas, único entre los apóstoles, intuyó la secreta divinidad y el terrible propósito de Jesús. El Verbo se había rebajado a mortal; Judas, discípulo del Verbo, podía rebajarse a delator (el peor delito que la infamia soporta) y ser huésped del fuego que no se apaga. El orden inferior es un espejo del orden superior; las formas de la tierra corresponden a las formas del cielo; las manchas de la piel son un mapa de las incorruptibles constelaciones; Judas refleja de algún modo a Jesús. De ahí los treinta dineros y el beso; de ahí la muerte voluntaria, para merecer aun más la Reprobación. Así dilucidó Nils Runeberg el enigma de Judas.

Runeberg sostiene que así como el asceta mortifica su cuerpo, Judas hizo lo mismo con su espíritu. Se negó a sí mismo la posibilidad de acceder al cielo y “Renunció al honor, al bien, a la paz, al reino de los cielos, como otros, menos heroicamente, al placer. Premeditó con lucidez terrible sus culpas.” afirma el sueco.

La conclusión a la que llega Runeberg es escandalosa, aseverando:

Dios totalmente se hizo hombre hasta la infamia, hombre hasta la reprobación y el abismo. Para salvarnos, pudo elegir cualquiera de los destinos que traman la perpleja red de la historia; pudo ser Alejandro o Pitágoras o Rurik o Jesús; eligió un ínfimo destino: fue Judas.”

Yo no voy tan lejos como Runeberg, mis planteos no son tan escandalosos, pero sí afirmo que no se puede entender la grandeza de Jesús sin la vileza de Judas y que la segunda fue causa necesaria de la primera.

VI

Si esto le parece intolerable al lector, espere un poco más. Quizás podemos transformar aún más la valoración ortodoxa cristiana sobre Judas. Siguiendo el planteo de Zizek podríamos afirmar que el acto de Judas fue la demostración más grande de amor que recibió Cristo. ¡¿Cómo?! ¡¿Amor?! ¡¿Cómo puede interpretarse una traición como amor?! Veamos las cosas de ésta manera. Judas sabía que Cristo era el hijo de Dios, supongo que su presencia dentro del círculo apostólico lo demuestra, y sabía entonces que traicionarlo le significaría el infierno y la ignominia. Dicho de otra manera, ¿qué fue lo que motivó a Judas a hacer lo que hizo? Podríamos barajar 3 móviles, a saber, influencia diabólica, codicia y amor, sí señores, amor.

El primero es explícitamente citado en la Biblia, dice San Juan que “Durante la Cena, cuando el demonio ya había inspirado a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarlo,” (13:2). Otra referencia a la influencia del Demonio la encontramos nuevamente en San Juan: “En cuanto recibió el bocado, Satanás entró en él.” (13:27). Ahora bien, parece que el demonio poseyó a Judas obligándolo a hacer lo que hizo. Si analizamos bien ésto, nos parecería sumamente descabellado, ¿por qué?, pues simple. Uno de los atributos del Demonio es su sagacidad e inteligencia, y si aceptamos que el demonio es un ser inteligente no podemos aceptar ésto. Dicho en palabras simples, Satanás no pudo haber sido el móvil de la traición a Jesús, ya que su resultado fue el fortalecimiento en la fe en Cristo y por consiguiente en Dios, inclinando la balanza a favor de su enemigo. Una actitud suicida sin duda. La codicia es otro móvil poco probable. “Entonces uno de los Doce, que se llamaba Judas Iscariote, se presentó a los jefes de los sacerdotes y les dijo: «¿Cuánto me darán si se lo entrego?» Ellos prometieron darle treinta monedas de plata.” (San Mateo 26: 14/15) Creo que está bastante claro, supongo que la Gracia Eterna y una vida al lado de Dios, es decir morir como Apóstol vale mucho más que 30 monedas de plata. Algo más fuerte que la influencia satánica y que la codicia, tuvo que haber sido el móvil de Judas. Llegamos por fin al amor.

VII

Con respecto a esta visión de la traición entendida como acto de amor, Zizek vuelve a ilustrarnos: ” En esta línea de pensamiento debería buscarse  la lectura no perversa del sacrificio de Cristo, de su mensaje  a Judas: “Prúebame que soy todo para ti, por consiguiente TRAICIÓNAME para que ambos podamos cumplir nuestra misión revolucionaria”.” Así como también la traición de Bruto contra Julio César, encarnada en el concepto de nietzscheano de “traición noble”; ¿acaso dónde puede estar la nobleza en un acto tan vil como la traición? Podemos verlo así, Julio César pasó de una particularidad (sujeto concreto) a una universalidad (concepto abstracto). El “César” pasó así como título de honor y gloria usado por diversos emperadores y reyes de la posteridad; es más lo posteriores emperadores romanos se titulaban “Césares”, así como también los zares rusos y kaisers alemanes (Zar y Kaiser son derivaciones de “César”). Pero este salto de la particularidad a la universalidad se debió gracias a la muerte de Julio César a manos de los Senadores, su muerte tan violenta y encima perpetuada por su hijo Marcos Bruto, la hace simbólica. Los idus de marzo como génesis de la martirización de César. Analógamente Judas hizo lo suyo con Cristo, aunque en sentido inverso. Como señala Zizek, Jesús pasó de la universalidad a la particularidad. En palabras del autor: “Cristo, en cambio, primero, antes de su muerte, fue un concepto universal (“Jesus, el Cristo Mesias”) y, a través de su muerte, emergió como el único, singular (“Jesucristo”). En este caso, la universalidad fue aufgehoben (abolida y superada) por la singularidad, es decir, se dio el proceso inverso.”

Dicho todo esto podemos concluir algo, Judas traicionó a maestro por amor, simplemente por eso, amor. Quería que su maestro trascendiera y se transformara en una particularidad inigualable, Jesúcristo. ¿Qué mayor acto de amor que ese? Su maestro podrá ser amado de ahora en más por millones y millones de fieles que creerán en su existencia porque murió por ellos y para ellos. Sentencio lo siguiente, el núcleo más fuerte del Cristianismo, Dios encarnado y muerto para redimir a la Humanidad, tiene como causa la traición de Judas. Por eso reafirmo lo dicho al inicio de este escrito, no se puede pensar el Cristianismo sin Judas. Por estas razones le deben una disculpa al discípulo que traicionó a Cristo, su traición no fue en vano, para nada en vano ¿no?.

Caravaggio-el-beso-de-judas

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