El soldado y la plaza

I

Allí está el enemigo, frente a nosotros, esperando agazapado el momento esperado. Aquí estamos nosotros, muchos, miles, pero sin armas. Un suicidio, sí, pero somos muchos, muchos más que el enemigo. Sólo una plaza, una miserable plaza me separa de la muerte. Como malditos mosquitos, los aviones alemanes sobrevuelan nuestras cabezas. La irritación comienza; una mezcla bastante desagradable la sensación de muerte con la espera. Sé que moriré pero ¿cuándo?, seguramente a los pocos minutos, quizás alcanzado por una bala de MG, quizás por un proyectil de mortero, aplastado por un tanque, quizás, todo es posible. Hasta es posible que mis propios oficiales me maten si el terror me atrapa y me obliga a huir. El Camarada Stalin es muy severo con los desertores, varios oficiales aguardan detrás de nuestras líneas con las metralletas cargadas para vaciarlas en los cuerpos de los desertores. No sé qué hacer, huir no puedo, ¡bah!, puedo pero es demasiado peligroso. Tendré que combatir, como pueda, no tengo arma, sólo balas. Una locura, ir a una guerra como esta, sin un rifle. ¡Ja! “Bienvenido al Ejército Rojo”. Estoy posando mi mirada sobre un alemán, que diviso a lo lejos. Parece ser oficial, aunque no lo distingo bien. Esos trajes tan lujosos de los alemanes, ¡bah! son muy lindos, pero se necesita más que belleza para combatir al frío ruso. Es nuestro mejor aliado, nosotros somos hombres duros, sí, fuertes, eslavos de pura sepa, acostumbrados a lo difícil  aunque esto es demasiado. El enemigo defiende la plaza de Stalingrado, atrincherado y eficientemente acondicionado, nosotros en cambio somos una masa humana que se abalanzará sobre el enemigo, golpeando como un cosaco enfurecido, ¡sí! ¿quizás esa sea la esencia del ejército soviético! No lo sé.

II

El oficial se está llevando el silbato a la boca, seguro que ya está por comenzar el asalto o suicidio ¡jajaja! No sé por qué me río en este momento, debería temblar de miedo, pero por alguna extraña razón no lo hago. Estoy escuchando el silbato, bien, tendré que correr. Mis compañeros están gritando, haré lo mismo, así asustaremos a los alemanes. Como no tengo armas deberé buscar cobertura lo más rápido posible y esperar que algún camarada suelte su rifle. Estoy corriendo lo más rápido posible, mi corazón se acelera, la adrenalina inunda mi cuerpo. Esto viendo un cadáver, lo doy vuelta y tomo su rifle de cerrojo. Miro el cargador, tengo 5 balas, bien, deberán rendir. Cargo el rifle y asomo mi cabeza por encima del muro. Los alemanes están machacando a los nuestros, tanques y metralletas contra carne y hueso. Las balas repicaban muy cerca. Como en todo momento límite, el ser humano recuerda brevemente su pasado, y así lo hago. Recuerdos de mi infancia en Stalingrado, mi madre y mi padre, muertos en uno de los tantos bombardeos que ejecutaron los nazis. No hay mucho tiempo para sentimentalismos, tomo mi rifle y corro con todas mis fuerzas, no sé a dónde, pero estoy moviendo mis piernas frenéticamente. El ruido es insoportable, una mezcla de alemán y ruso, sazonado con olor a pólvora y muerte. Estoy viendo a mi camarada Vasily Ulynkov e iré junto con él, mejor estar con un camarada que morir solo detrás de un muro. Mis piernas ahora toman rumbo.

III

Siento que la muerte corre a mi lado, esperando, agazapada como los alemanes. Las balas de los fusiles ametralladores germanos silban sobre mi cabeza. Estoy llegando a la posición del camarada Vasily. Me doy cuenta que él está herido, y que yo también estoy herido. Indudablemente nadie nos va a prestar ayuda. Me acerco a mi compañero, codo a codo, hombro a hombro. Nos estamos muriendo, lentamente al compás de la nefasta orquesta, sitiados por el olor a muerte. Bueno, esto es la muerte, nada de túnel, ni de cajón, ni de pompas fúnebres, tirado junto a un amigo, en una plaza cubierta de cadáveres en medio de una masacre. Ahora a esperar el final, la bala parece que penetró por el pulmón. Estoy desangrándome de a poco, veo la sombra de la muerte, mi final está cer…

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Una respuesta a “El soldado y la plaza

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