“El marxismo es un error” o la valoración teológica de lo político

Papa Francisco I

La ideología marxista es errónea. Pero en mi vida he conocido a muchos marxistas que son buenas personas

El autor de esta frase no es nada más ni nada menos que el propio Papa Francisco, y no sorprende que provenga de un hombre fe ya que dicha cita contiene una profunda carga religiosa. Este comentario va a modo de respuesta a los conservadores que lo han tildado de marxista debido a sus comentarios duros contra el capitalismo y los sistemas financieros en su primera exhortación apostólica ‘Evangelii Gaudium’ (‘La Alegría del Evangelio’).
En las líneas siguientes intentaré reflexionar sobre las imposibilidad de valorar a las ideas políticas desde un punto de vista epistemológico matizando con algunos pensamientos sobre el papel de la verdad en el discurso político.

El absoluto y Dios

El error como absoluto se define a partir de su oposición con respecto a otro absoluto, la verdad. Pero a su vez, estos absolutos se mantienen firmes gracias a la existencia de absoluto aún mayor, Dios. La caída de Dios como absoluto representa la caída de toda concepción “sine qua non“, toda idea fortificada, amurallada, que impide cualquier atisbo de crítica; caída encarada, por excelencia, en la filosofía nietzscheana. El platonismo y el cristianismo son los dos grandes blancos de las mortíferas críticas de Nietzsche y tienen en común que oprimen la vitalidad del hombre bajo el peso de las ideas, y el alemán al invertir el primero  y al eliminar a Dios de la ecuación obtiene un resurgimiento del hombre como centro de su filosofía. Pero siguiendo el hilo de este breve artículo, la filosofía de Nietzche tiene una gran carga política. Las ideas que estructuran y dinamizan el campo de lo público pueden, y de hecho por lo general lo hacen, caer en la divinización, en la “teologización” de lo político. Dicho con otras palabras, la invasión de la forma de pensar religiosa en el campo de lo político, y contra eso hay que luchar. Si concebimos a la política como las prácticas que tienden a generar las condiciones de posibilidad para la realización de las potencialidades de una comunidad dada y de cada uno de sus individuos, debemos depurar el pensamiento  político de cualquier idea que se resista a ceder ante la existencia del cambio en pos de la maximización de la potencialidad (felicidad). Estas ideas deben ser descartadas no en base a su “veracidad” o su carácter “erróneo”, sino a su eficacia. A esto me refiero cuando hablo de la “valoración teológica” de lo político; es decir, cuando las propuestas o ideologías políticas se valoran en función a su concordancia o discrepancia con respecto a un idea o un sistema teórico predeterminado o anterior. En la política no triunfa la idea “verdadera” sino la idea más aceptada o aquella que más contribuye a la felicidad de un grupo dado.

Verdad, política y error

Decía San Tomás de Aquino que la verdad es la concordancia del pensamiento con su objeto (Veritas est adaequatio rei, et intellectus…Per conformitarem intellectus, et rei, veritas definitur) y si tomamos esta definición en su sentido literal tiene poco que ver con la política. ¿Por qué? Sencillo, la máxima aquineana solo puede aplicarse con totalidad en aquellos casos en los cuales el objeto de mi juicio existe en el momento en que lo enuncio y por lo tanto puede ser corroborada la concordancia entre el pensamiento y el objeto en cuestión. En cambio, cuando el objeto ya fue o será, o lo que es lo mismo, cuando el objeto se encuentra en el plano del pasado o en el plano del futuro, la máxima aquineana es estéril ya que es imposible comprobar la concordancia debida. Ahora bien, la política se nutre de los tres planos temporales (pasado, presente y futuro) pero con especial énfasis en el futuro y en este caso concreto, el marxismo echa su ancla en las aguas del futuro con gran énfasis. Basta con leer superficialmente a Marx para darse cuenta de ello. Embebido por un fuerte hegelianismo, Marx diseña un sistema teórico tendiente a ser aplicado en un futuro, pero nutrido de la realidad del presente. En términos marxistas el comunismo es un futuro que tiene sus raíces en la lucha de clases que es un ahora. Por lo tanto el análisis marxista del capitalismo es un ahora que servirá de marco teórico para diseñar un sistema futuro (el socialismo y el ulterior comunismo). Por ende, creo no caer en un error, al afirmar que el marxismo es la ideología política que más tiende al futuro  dentro de la política que, por definición se construye en pos de lo que será. Así pues, si en la política es bastante ardua la tarea de encontrar verdades acordes a la definición de Santo Tomás, en el marxismo es más arduo aún.
Un concepción de la verdad más feliz en política es la que se enfoca en la progresividad. La verdad se consolida pues, progresivamente en pos de los resultados obtenidos en su aplicación. Schiller, uno de los máximos exponentes del pragmatismo escribía: ” Una inteligencia que no tenga ningún valor para los fines de la vida es un monstruosidad, una aberración patológica, una falta de adaptación que la selección natural ha de eliminar tarde o temprano“. Parafraseando, pues, a Schiller podría decirse que “Una verdad en política que no tenga ningún valor para la comunidad es inútil, quimeras, absolutos, abstracciones sin ningún interés práctico que el discurso político o la acción colectiva han de eliminar tarde o temprano”. Por lo tanto la verdad en política se construye, se configura mediante la praxis.
El pensamiento de Franscisco I hace agua por todos los costados, ya que dice, a secas, que le marxismo es un error, analizando epistemológicamente una ideología política. En cambio, sería correctísima, aunque debatible, la afirmación que diga algo como “El marxismo fue ineficaz” o “El marxismo es impracticable” o “El marxismo se aplicó mal o contraria a las ideas de Marx”. Todas estas afirmaciones son aceptables ya que se enfocan en el carácter fáctico de la ideología, en su aplicación, en su validez o invalidez política, mas no en su coherencia epistemológica, eso es harina de otro costal y debe evitar mezclarse.
La afirmación del Sumo Pontífice se agrava más, al rematar con “Pero en mi vida he conocido a muchos marxistas que son buenas personas”. Introduciendo a la moralidad en la cuestión, no ahondaré demasiado en este punto, solamente diré que hay marxistas buenos como marxistas malos, así como católicos buenos y católicos malos y no por eso el catolicismo es un “error”.

 
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