Sobre los supuestos de una revolución

Abrarcar el fenómeno de la revolución es una empresa harto compleja. ¿Acaso es posible aislar el fenómeno revolucionario de su contexto? ¿Es posible edificar una teoría general de la revolución? Intuyo que sí es posible, pero los juicios que pueden construirse son sumamente limitados. Toda revolución es única. Es única debido a que cada contexto, cada circunstancia o situación es irrepetible. No obstante lo cual, podemos aprehender ciertas líneas comunes a toda revolución. Primeramente supone un descontento. Aclaro que al hablar de revolución me refiero estrictamente a revolución política. Una revolución política supone, pues, las existencia de un sistema político. Weber descubrió que todo sistema político es una forma de dominación. Descubrimiento no menor, ya que la política es, en puridad, autoritaria. Así pues, una revolución política significa un descontento contra un sistema político dado.

Todo sistema político (y aquí sigo íntegramente a Weber) debe ser estar legitimado. Pero la legitimación no es algo intrínseco al poder mismo. Es, por el contrario, algo ajeno a éste, pero fundamental para que el poder se mantenga en pie. Ningún poder es amigable, quiero decir, el poder es perturbación, incomodidad. Toda autoridad es artificial y por eso necesita justificación. Mientras la autoridad se mantenga justificada, no habrá revolución.

De esta manera, todo sistema político mantiene un “es”, un estado de cosas, un “status quo”. El poder es esencialmente conservador, ninguna forma de poder es revolucionaria (esto genera el dilema de la organización del sistema político revolucionario, pero eso es, en este momento, harina de otro costal). La revolución plantea un “deber-ser”. La existencia de ese “deber” se explica por una erosión en el discurso legitimante del sistema político. Éste ya no es tan “eficaz”, el “ser” que plante el sistema actual, no está en armonía con el “deber ser” que se defiende. El retroceso de la eficacia del discurso legitimante abre las puertas, agrieta los muros y debilita las guarniciones que defienden el estado de cosas existente. La revolución pues, comienza a sitiar la fortaleza del ahora.

Pero dicho sitio presupone, además del descontento con la dominación actual, por lo menos dos cosas: Primero que la historia es un asunto puramente humano. Toda visión trascendental del devenir histórico cercena cualquier intento revolucionario. Toda religión es, precisamente anti-revolucionaria (en esto Marx estaba en lo cierto). Un dogma religioso se establece con la idea de que las fuerzas del mundo, están (en mayor o en menor medida) por fuera del dominio humano. La historia descansa, en última instancia, en un ser meta-físico, en una potencia meta-humana. El movimiento de expansión revolucionario le devuelve el “fuego sagrado” a la Humanidad. Toda revolución es prometéica. Teniendo las riendas de su porvenir, los hombres podrán obrar, podrán construir o destruir, pero en definitiva accionarán (toda revolución es acción, aunque no necesariamente violenta). Acción contra el hoy en pos de construir un mañana. Ese mañana es el que justifica el “coste” de la revolución ya que ninguna revolución es (en términos económicos) gratuita. Genera constantemente un sacrificio, que, en los casos más extremos, significa la muerte . El rebelde sabe a lo que se enfrenta, sabe que todo desafío al sistema de dominación entraña una potencial muerte. El rebelde acepta la posibilidad de dejar de existir, todo para que exista algo “nuevo”, diferente al “ahora”. Pero lo acepta, porque entiende que sus esfuerzos pueden contribuir a cambiar el estado de cosas. Sabe su esfuerzo no estéril. Lo segundo que supone todo movimiento revolucionario es que el derrotero de la historia es lineal y no circular. Este no es un pensamiento menor, puesto que excluye la posibilidad de que el sistema político que se intenta derrocar vuelva, por medio del devenir histórico, a resurgir. Si resurge será gracias al fracaso de la revolución y no a un movimiento intrínseco de la historia. Esta concepción justifica los esfuerzos, de otra manera ¿qué sentido tendría iniciar una revolución que, desde sus inicios sabe que fracasará?. Indudablemente que todo alzamiento, toda revolución, toda ruptura, tiene una probabilidad de fracaso, pero esta se debe no a un imperativo histórico, sino a las características intrínsecas del movimiento en cuestión.

En resumen, la historia como propiedad humana sumada a la linealidad de la misma, constituyen el arsenal de supuestos que toda revolución toma como válidos al momento de iniciarse.

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