El reducto de la izquierda

1.Si bien es cierto que, luego de la caída estrepitosa de la configuración bipolar del mundo de finales del siglo XX, las ideologías comenzaron a perder peso, no por eso podemos afirmar que han muerto. Aún les queda un resabio de vitalidad y dependerá de nosotros reanimarlas o dejarlas perecer.

2.Más allá de las diferencias ideológicas, debe existir un reclamo en común: la praxis política, en tanto actividad fundamental de un cuerpo social, debe orientarse en función de valores, ideas y concepciones y no en decisiones circunstanciales, motivaciones particulares o ardides execrables. Lo dicho no es más que reclamar una cosa: la centralidad del debate político como instancia articuladora.

3.La muerte de las ideologías, el retroceso del espacio público y la masificación de los discursos partidarios no deben solapar una cuestión fundamental, ¿qué significa ser de izquierdas? La respuesta a esta interrogante no debemos buscarla  ni en la extensión de la participación del Estado en la economía, ni en el apoyo a un Estado de Bienestar ni tampoco en el anhelo de una revolución social. Debemos encontrarla en algo mucho más mínimo, y a su vez fundamental: los valores políticos.

4.Los valores no son más que significantes que contienen, en sí, la potencialidad de desatar una expansión semántica que trascienda las fronteras de lo meramente lingüístico. Tienen un bajo poder descriptivo, pero una alta concentración de representatividad. Los valores son esas extrañas creaciones culturales que pueden llevar a un hombre a perder su vida con tal de defenderlos.

5. Los valores políticos que han sido una constante en el derrotero político contemporaneo, son tres: libertad, igualdad y solidaridad. Mientras los dos primeros constriñen directamente al sistema político, el tercero se posiciona como la situación previa y necesaria para que la libertad y la igualdad se actualicen.

6. Si la “asignación autoritativa de valores”, de la que habla Easton (que no es más que hacer política), se orienta únicamente mediante la integración del valor libertad, dejando rezagada a la igualdad, podemos presumir que estamos ante un gobierno de derechas. En cambio, el núcleo diferenciador de las políticas de izquierdas es el concebir a la libertad y a la igualdad como dos valores inescindibles. Uno no puede desarrollarse plenamente sin el otro. La libertad genuina, material, se transformaría en una simple quimera, si las condiciones socio-económicas de las que parten los sujetos no fuesen aproximadas o al menos equitativas.

7. Si entendemos a la libertad como la dimensión en la cual la potencia de un individuo se actualiza, la igualdad juega un doble papel. Por un lado, dos sujetos que comparten una misma situación socio-económica tendrán análogas posibilidades de desplegar sus potencialidades físicas e intelectuales, que son, a su vez, determinadas (en parte) por esa situación inicial. Por otro, la igualdad permite acceder a medios más idóneos o eficaces, para desarrollar las mencionadas potencialidades.

8. El juego entre libertad e igualdad, es la piedra de toque para determinar la “pureza” entre la derecha y la izquierda. Más allá de ello, encontramos un horizonte plagado de  incertidumbres.

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