Aulas y autonomía

El sistema educativo uruguayo (así como todos los modernos) posee un hito fundacional: la escuela vareliana. Toda fundación es mitológica, y nuestro caso no es excepcional. La mitología vareliana fue una de las tantas construcciones simbólicas insertas en el proceso de formación de la “nacionalidad” uruguaya. La escuela pública era una engranaje más de la maquinaria de la modernización. Pero actualmente el mito vareliano está siendo puesto en cuestión a través de la llamada “crisis de la educación”.

La enseñanza pública (comenzando por el modelo prusiano, análogo a la organización militar) fue inicialmente concebida como un medio para construir nacionalidad. Esto es la adopción de ciertos valores identitarios con la nación. Se estatiza el proceso de socialización y genera, por consiguiente, un mínimo de civilidad. Por ende (y esto es lo que no debemos perder de vista) la educación pública es por una herramienta de dominación, una herramienta hegemónica (en sentido gramsciano). ¿Pero actualmente cumple tal función? Intuyo que no. La crisis educacional, justamente, puede venir dada por la disolución del fundamento político-social que le daba sentido: el Estado-nación. Los embates del mercado, así como el retroceso de lo político, el vaciamiento del agora y la desterritorialización del capital, hacen del Estado (y por ende del sistema educativo) una herramienta de dominación cada vez menos eficaz. ¿Pero existe alguna solución? Sabemos que privatizar la educación no es una opción viable, pero mantenerla en el Estado con su estructura actual tampoco es viable. ¿Cuál es la salida? Modificar radicalmente el aspecto teleológico de la  educación. Actualmente la educación pública ya no sirve para generar afecto o devoción por esa divinidad laica llamada nación, sino que por estos tiempos las escuelas (en sentido amplísmo) son funcionales a otro dios laico: el mercado. Debemos generar consumidores antes que ciudadanos, trabajadores eficientes antes que individuos críticos. Algo anda mal, y ese “mal” está dado por la esclavitud de la educación. Esclavitud en un doble aspecto, primero estructural: el sistema educativo siempre está sitiado por fueras ajenas, la enseñanza tiene un propósito meta-educativo: mantener el status quo. He ahí la funcionalidad política de la educación pública. Pero la esclavitud educacional es visible en otra esfera: en el modelo de alumno. El que recibe el saber se inserta en una relación de poder (siguiendo el esquema sofista). El que sabe (maestro, profesor) posee una ventaja sobre el que no sabe (alumno). Esa relación de poder no es nefasta per se, sino que el servilismo proviene del la finalidad de esa relación. Generar seres dóciles, que no se pregunte por qué el mercado debe regular las relaciones inter-humanas, o por qué poseemos las leyes que tenemos, por qué la democracia representativa, etc. La anulación del pensamiento crítico en el alumnado es fuente de esclavitud intelectual. 

Al generar una educación autónoma generaremos individuos autónomos. ¿Pero qué es la educación autónoma? Justamente es la disolución de la esclavitud estructural y de la esclavitud teleológica. Al fomentar una reestructración orgánica en las instituciones educativas que acentúe su independencia, así como la reformulación  de los programas de enseñanza y la mecánica pedagógica tomando como horizonte la construcción de sujetos críticos que pongan en cuestión hasta el mismo proceso educativo. De esta manera la educación se transforma en una herramienta emancipadora y revolucionaria.

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