El Corán y el lápiz

El reciente atentado contra la editorial de la revista humorística “Charlie Hebdo” deja, además de un gran sabor amargo, algunas reflexiones.

La libertad de expresión se consolidó como un derecho contra el Estado, ya que era éste el que poseía las herramientas para realizar censuras. Si bien el derecho es erga omnes (es decir contra todo sujeto), y los particulares deben respetarlo, el trasfondo ideológico que fundamenta dicho derecho es la creación de un espacio vital individual protegido de las interferencias del Estado.

Ahora bien, en el siglo XIX, se afirmaba que manteniendo las prensas lejos de las garras estatales la libertad de expresión estaba asegura. Más allá de las posibles críticas que se le puedan realizar a este punto (críticas que van en el sentido de mayor apertura de los medios de comunicación, canales comunitarios, libertad de expresión material y no solo formal, etc), lo medular es que sin el Estado metiendo sus narices en las rotativas, la comunidad podría expresar sin restricciones sus ideas. Actualmente en nuestro siglo, y tomando a la masacre de “Charlie Hebdo”, no podemos ser tan optimistas como los pensadores decimonónicos.

Los dos hombres armados que ingresaron a la editorial no eran agentes del gobierno francés ni nada que se le parezca. Al parecer pertenecen a algún tipo de grupo extremista islámico. Los móviles del mencionado ataque se centran, según parece, en una especie de venganza por la publicación, realizada por la revista, de ciertas caricaturas de Mahoma, además de la sátira de ciertos elementos del imaginario islámico. Pero los móviles no importan tanto para los fines de esta breve reflexión. Lo central aquí es lo siguiente: la libertad de expresión, actualmente, no se asegura con prohibir al Estado la censura (ya sea previa o posterior) de las ideas, opiniones o comentarios de los ciudadanos. La libertad de expresión está atacada o bien desde el seno de lo que podríamos llamar sociedad civil (ataque interno) o bien, como sucedió en este caso, desde un plano internacional (ataque externo). Este ataque externo no provino de un Estado, sino de alguna organización terrorista. Por ende el paradigma decimonónico no es suficiente.

Lo que sucedió en Paris el día de ayer, es una muestra vívida del desmoronamiento del “Estado-nación”. Ese Estado fuerte, soberano que controlaba todo lo que pasaba en el ágora de su nación, es, en nuestros días, una simple quimera. El Estado actual es impotente ante los flujos de capital, armas, influencias y sobre todo terror. El Estado, tradicionalmente (o al menos desde el punto de vista weberiano) se lo ha definido como el que monopoliza la coacción física. El Estado era el único que podía aterrorizar legítimamente (aunque claro está en las repúblicas democráticas este monopolio debe ser utilizado con mucha cautela). Actualmente ese monopolio se ve desafiado por ciertas organizaciones internacionales que tienen como objetivo concretar una fantasía religiosa.

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