Tecnología y derecho

El fenómeno de Uber y afines ha puesto el foco en un problema cada vez más apremiante: la relación entre el ordenamiento jurídico y los avances tecnológicos. El dilema no es menor puesto que estos avances trastocan la base misma del derecho: el poder. Toda norma jurídica distribuye poder y por ello el derecho es genéticamente política. Cuando una ley estipula que A debe comportarse de determinada manera está configurando una determinada forma de circulación del poder debido a que “A” antes de la promulgación de tal norma tenía el PODER de no hacer la conducta ahora prescrita. Si entendemos la libertad en un sentido positivo, como potencialidad de acto, el derecho restringe y amplía la esfera de libertad de los sujetos al colocarlos en situaciones estratégicas que les permitan alcanzar sus objetivos o en situaciones tales que frustren tales intenciones. El punto está en que básicamente toda la circulación de poder en un sistema de dominación racional-legal debe canalizarse por normas jurídicas, y justamente las nuevas tecnologías vienen a desafiar esta canalización.
Las nuevas tecnologías reconfiguran la circulación de poder al crear nuevas situaciones estratégicas en forma para-juridica, fáctica. La creación de situaciones estratégicas de poder por fuera del ordenamiento no es para nada nuevo (las mafias, las bandas criminales, los ejércitos de ocupación y el estado de excepción son ejemplos de ésto); en cambio lo que sí es nuevo es que esta creación se vea legitimada por el propio ordenamiento. Digámoslo de otra manera: los ordenamientos jurídicos liberales consagran como pilar fundamental la libertad de empresa e industria y desde ahí se  erige la legislación que regula el mercado y las actividades económicas; entonces ¿cómo puede oponerse un ordenamiento jurídico liberal a las situaciones estratégicas generadas por aquello que él mismo defiende como un axioma?

Lo cierto es que tal principio nace dentro de una estructura económica relativamente previsible. La libertad de empresa es básicamente libertad para repetir las formas dominantes de circulación de capital, y no tanto libertad para crear algo realmente nuevo (lo dicho es fácil de probar con el mero hecho profundizar en la relación de propiedad industrial e interés público) y por ello debemos contextualizar y precisar los efectos actuales de la libertad de empresa a la luz de las nuevas tecnologías. La libertad de empresa es una forma de redistribuir el poder circulante, pero no tiene la capacidad para crear nuevas situaciones estratégicas.

La pregunta clave es la siguiente: ¿quién tiene la última palabra a la hora de crear situaciones estratégicas en una sociedad? ¿el mercado o el Estado? Volvemos a los viejos dilemas que siempre renacen bajo nuevo ropajes.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s